Si un hombre llega a la conclusión de que ya no hay certezas; el descreimiento, la frustración y el desengaño lo llevan al nihilismo, y de ahí a la falta de escrúpulos…
Uno de los grandes temores que tengo es transofrmarme en lo que nunca quise ser.
Veo la vida pasar y me convenzo de que el mundo ofrece todo pero entrega poco, que la vida se contagia de la mezquindad y la corrupción de los hombres, que secretos engranajes se mueven en pos de mostrarnos la dureza de la realidad.
Deberíamos preocuparnos por cambiar el mundo, ¿pero quién lo haría?, ¿cómo?... si los hombres somos tantos y tan desinteligentes… la verdad sea dicha: nada nos interesa más que nuestro propio pellejo, y como la idea de que efectivamente es así nos incomoda intentamos asegurar ésto como moralmente correcto; ¡por favor!, a esta altura ni siquiera sabemos lo que es moral.
El tiempo que nos queda es un inmenso garrote blandiendose en el aire. Todas las puertas cerradas, todas las herídas a flor de piel… ni siquiera este relato es sincero. Y el tiempo que queda es precioso a pesar de todo, es la vida, es todo lo que tenemos, y es tambien un adversario corriendo, obsesionado como un idiota, en nuestra contra… No sabemos por qué la vida es dura, ni la misma vida lo sabe, o quizás lo sabe y por algo parecido a una estupidez metafísica coloca los mojones adversos con minuciosa exactitud.
Y hablando de la vida y el tiempo, ¿cuánto será lo que nos queda?, ¿ochenta años?, ¿dos días?, ¿treinta meses?, ¿veinte minutos?; si tan sólo supieramos algunas respuestas, si tan sólo no cambiaran las preguntas, si aquella mujer u hombre que amamos fuera para nosotros y nosotros para ella o él, si aquellas caricias no se desviaran en barbas ajenas o melenas desconocidas, si nuestros ojos miraran donde debieran mirar, si el amor nos encontrara y los encontrara a ellos y a ellas, en ese caso... creo que nos importaría un carajo cuánto es el tiempo que nos queda.
Uno de los grandes temores que tengo es transofrmarme en lo que nunca quise ser.
Veo la vida pasar y me convenzo de que el mundo ofrece todo pero entrega poco, que la vida se contagia de la mezquindad y la corrupción de los hombres, que secretos engranajes se mueven en pos de mostrarnos la dureza de la realidad.
Deberíamos preocuparnos por cambiar el mundo, ¿pero quién lo haría?, ¿cómo?... si los hombres somos tantos y tan desinteligentes… la verdad sea dicha: nada nos interesa más que nuestro propio pellejo, y como la idea de que efectivamente es así nos incomoda intentamos asegurar ésto como moralmente correcto; ¡por favor!, a esta altura ni siquiera sabemos lo que es moral.
El tiempo que nos queda es un inmenso garrote blandiendose en el aire. Todas las puertas cerradas, todas las herídas a flor de piel… ni siquiera este relato es sincero. Y el tiempo que queda es precioso a pesar de todo, es la vida, es todo lo que tenemos, y es tambien un adversario corriendo, obsesionado como un idiota, en nuestra contra… No sabemos por qué la vida es dura, ni la misma vida lo sabe, o quizás lo sabe y por algo parecido a una estupidez metafísica coloca los mojones adversos con minuciosa exactitud.
Y hablando de la vida y el tiempo, ¿cuánto será lo que nos queda?, ¿ochenta años?, ¿dos días?, ¿treinta meses?, ¿veinte minutos?; si tan sólo supieramos algunas respuestas, si tan sólo no cambiaran las preguntas, si aquella mujer u hombre que amamos fuera para nosotros y nosotros para ella o él, si aquellas caricias no se desviaran en barbas ajenas o melenas desconocidas, si nuestros ojos miraran donde debieran mirar, si el amor nos encontrara y los encontrara a ellos y a ellas, en ese caso... creo que nos importaría un carajo cuánto es el tiempo que nos queda.